Tradición

Texto de Carlos Eduardo Díaz

Publicado el: 22 de Junio, 2015

El tercer domingo del mes de junio se celebra en México el día del padre (con minúsculas). Se trata de una celebración modesta, casi siempre simbólica y desde luego alejada de toda la parafernalia y el sentimentalismo propio del 10 de mayo o Día de la Madre (con mayúsculas).

Por múltiples razones históricas, culturales y sociales, la relación del mexicano con su progenitor casi siempre ha sido complicada. Por las mismas razones –incluidos los clichés o estereotipos– suele asociarse a la madre mexicana con la ternura, la abnegación, los desvelos, el silencio y los sacrificios, mientras que al padre mexicano se le vincula con la altanería, el machismo, la rudeza, la escasez de muestras de cariño y, en no pocas ocasiones, con la total ausencia o con el abandono.

Cierto o falso, exagerado o justo, estos extremos nos han ayudado a construir modelos históricos y culturales dignos de santificarse o exorcizarse. Veamos a continuación cinco ejemplos emblemáticos del paternalismo en México, extraídos de la historia y también de la imaginación.

Gonzalo Guerrero: el padre del mestizaje. Nació en Palos de la Frontera, Huelva, España, en 1470. Vino a América alrededor de 1510 y al año siguiente, durante una exploración, su embarcación naufragó. De los cerca de 20 sobrevivientes originales, solo dos personas vivieron lo suficiente para contar la historia: el sacerdote Gerónimo de Aguilar (quien a la postre sería el principal intérprete de Hernán Cortés) y Gonzalo Guerrero. Ambos alcanzaron las costas de Yucatán y fueron convertidos en esclavos. La diferencia entre estos dos españoles es que, mientras Aguilar se mantuvo firme en sus convicciones y en su fe, Guerrero abrazó con fervor las cosas nuevas que encontraba a su paso. Poco a poco se ganó la simpatía el jefe maya e incluso se casó con su hija, la princesa Za’asil, lo cual lo convirtió en un cacique. Sus hijos (los primeros mestizos reconocidos por la historia) recibieron todos los ritos de iniciación de acuerdo con las costumbres y la religión local. Guerrero se volvió un maya más, al grado de que, cuando Cortés arribó a la región y se enteró de que había dos hombres blancos en aquella zona, solamente el padre Aguilar se mostró deseoso de ser rescatado. Por su parte, Guerrero, hablando ya la lengua maya, no solo se rehusó a regresar con los españoles, sino que instruyó a su nueva gente para que pudieran luchar en contra de los conquistadores sin tantas desventajas y sobre todo para que no les tuvieran miedo. Combatió con ferocidad a las tropas de Pedro de Alvarado y murió en combate, defendiendo a su familia y a su nuevo pueblo. Hoy se le considera el padre del mestizaje y en el Himno de Quintana Roo se le menciona: “Esta tierra que mira al Oriente, cuna fue del primer mestizaje, que nació del amor sin ultraje, de Gonzalo Guerrero y Za’asil”.

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Miguel Hidalgo: el padre de la Patria. A estas alturas, poco puede decirse sobre Miguel Gregorio Hidalgo Villaseñor que resulte novedoso. Durante siglos, se trató de una de las figuras impolutas, inmaculadas, perfectas y ejemplares de nuestra historia. Su emblema indiscutible es su famoso Grito que lanzó la madrugada del 16 de septiembre de 1810. Con el tiempo y por fortuna, se le han ido restando virtudes al mito y se la ha sumado humanidad al sacerdote inquieto, estudioso, fiestero, de ojo alegre y afecto al chocolate; una imagen mucho más atractiva, sin lugar a dudas, que el hombre con avanzada calvicie y mirada de súper héroe que los libros de texto nos mostraban. Muy lejos de ser perfecto, la importancia de Hidalgo radica en las circunstancias que vivió, no en la supuesta heroicidad de sus actos. Tuvo aciertos, pero tuvo también monumentales errores que causaron despiadadas e incontables muertes. Aunque al principio fueron aliados, murió siendo enemigo de Allende. Incluso, el militar lo tenía amenazado de muerte. Hoy la historia comienza a colocarlo en su justo puesto. Tal vez ahora sea la oportunidad para dejar de escatimarle los méritos a Agustín de Iturbide, un personaje que, en opinión de algunos historiadores, tiene iguales o mayores razones que Hidalgo para ser considerado el progenitor de la Patria tricolor, pues a él, por ejemplo, le debemos la bandera y la culminación de la Independencia.

Pedro Páramo: el padre ausente. El personaje de Juan Rulfo es universal. Los best sellers logran vender millones de libros alrededor del mundo gracias a sus tramas de espías amnésicos, hermosos y románticos vampiros adolescentes, niños que acuden a escuelas de magia o tímidas mujeres que descubren su fuego interno gracias a un millonario guapo y pervertido. Esta clase de libros vuelven millonarios a sus autores, pero su obra no trasciende en realidad. Son modas, lecturas de ocasión, productos desechables que el mundo ha de olvidar. La verdadera virtud de una obra literaria es su validez universal, su atemporalidad, el hecho de que su trama y su fondo nos calen en los huesos sin importar si la leímos ayer o si la leeremos dentro de sesenta años. Pedro Páramo es así. El gran cacique, el padre de medio pueblo. Un hombre adinerado cuyos hijos bastardos llegan al mundo en un petate. Más allá: el dueño de los recursos, el dueño de todo, quien, para vengarse, decide cruzarse de brazos para que el pueblo entero muera de hambre. Yo también soy hijo de Pedro Páramo. Pedro Páramo… ese rencor vivo. El padre ausente, el que abandona, el que olvida. Esa sombra… ese fantasma. Ese padre nunca ha sido mejor retratado que en esta novela.

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Fernando Soler: el padre modelo del cine mexicano. Fernando Díaz Pavía (1895-1979) fue el mayor de una importante dinastía de actores: los hermanos Soler. Junto con Andrés, Domingo, Julián y Mercedes se encargó de enaltecer la industria de los sueños durante la llamada Época de Oro del Cine Mexicano. Fernando ha sido uno de los mejores histriones de esta tierra. Su presencia, lo mismo en comedias que en dramas, representó siempre una calidad insuperable en cuanto a sus interpretaciones. Fue el arquetipo del padre mexicano de principios del siglo XX: duro, inamovible, de sólidos principios morales, con la honestidad siempre a toda prueba. Un hombre que cuidaba el buen nombre de su familia, que ponía especial atención en los detalles. Justo, en el fondo noble, con una dulzura de corazón que no tenía el lujo de mostrar. Le dolían sus hijos, pero los reprendía con dureza e incluso era capaz de lanzarlos a la calle si consideraba que era por su bien. Podemos apreciar a este padre en cintas como Cuando los hijos se van, México de mis recuerdos, Una familia de tantas y Azahares para tu boda. Por otro lado, el actor le dio vida a otra clase de padre: el justo, sí, pero más que eso, el “chapado a la antigua”, el de malos modos, el mandón, el cacique de su pequeño territorio. El que se hace obedecer a punta de gritos y de mano dura, pero que cojea del mismo pie que todos los de su clase: las tentaciones de la carne. Termina engañando a su abnegada mujer con una joven que logra que pierda la cabeza. A este padre lo encontramos en Sensualidad, Susana, La oveja negra y No desearás la mujer de tu hijo.

En general, podemos afirmar que el padre representado por don Fernando Soler fue el reverso de la moneda que el forjado por Rafael Banquells en 1958, cuando la televisión transmitía todas las tardes –a las 18:30 horas– las desventuras de Gutierritos, un hombre débil y carente de carácter de quien todos abusaban, comenzando por su esposa, sus hijos y su jefe. Las familias mexicanas se reunían sin falta a llorar y consolar a este hombre desventurado, secretamente enamorado de una compañera de trabajo y dolorosamente traicionado por su único amigo. El final no pudo ser más acorde con la historia: presentó la trágica muerte de Ángel Gutiérrez, “Gutierritos”.

Banquells representó magistralmente el deceso de su personaje, sin embargo, como la televisión en aquellos tiempos se transmitía en vivo, el actor cometió el error de levantarse sonriendo mientras exclamaba “¿cómo me morí?”, sin saber que la escena seguía al aire.

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Don Regino Burrón: el papá de barrio. El célebre personaje de La Familia Burrón, la historieta creada en 1948 por Gabriel Vargas, es en muchos sentidos el prototipo del verdadero padre mexicano. Trabajador, honesto, conservador, de carácter noble y moderado, además de responsable. Sin estudios a causa de la trágica muerte de su padre, tuvo que comenzar a trabajar desde pequeño, cuando aprendió el oficio que ejerce desde entonces: rapabarbas, barbero o peluquero. De hecho, es el propietario de El Rizo de Oro. Cumplidor, sabe que su labor es ser un buen proveedor para que sus hijos (Regino Burrón Tacuche, alias “El Tejocote”, Macuca Burrón Tacuche, alias “La Pecocha” e incluso el pequeño y adoptado Fóforo Cantarranas, alias “Foforito”) tengan un buen futuro, a pesar de la difícil situación económica en la que subsisten. Su pareja, motor, contraparte, contrapeso, soñadora, alocada y altísima mujer es la siempre célebre Doña Borola Tacuche de Burrón, también un maravilloso ejemplo del ama de casa mexicana de clase baja: siempre dispuesta a ayudar a quien se lo pida… y a quien no se lo pida, también.

En México tenemos diversos modelos de padre: el patriarca, el opresor, el sacerdote, el ausente, el presente, el tristemente inmortal Papá Gobierno… Todos ellos, y otros más, de una y muchas formas se reflejan en la historia y en la cultural popular de nuestro país.

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