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Los mercados
recintos de color y aroma
Marcos G. Betanzos Correa |
Mercado Hidalgo. Guanajuato, Guanajuato. |
 Llega la mañana acompañada de las mercancías para venderse, repican las campanas de una iglesia cercana cuando el olor a vegetales invade cada pasillo y algunos pregones comienzan a escucharse en conjunto con saludos informales que demuestran una camaradería admirable, quizá un exceso de confianza entre mercaderes. Todo se transforma en color, sensaciones y formas, un recuerdo de nuestra infancia se libera y experimentamos de nueva cuenta ese vínculo que tenemos, quizá genéticamente arraigado, con los mercados públicos. La historia nos dice que estos recintos son parte de nosotros, de una manera tan profunda que es complicado explicar; debe vivirse, es la única forma de entender esa magia que no caduca, aunque el tiempo y las generaciones pasen en nuestras ciudades, en nuestros barrios.
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Escena de un mercado en 1908. |
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Regreso a la infancia
El mural de Diego Rivera, ubicado en el Palacio Nacional, Mercado de Tlatelolco, realizado en 1942, es una muestra de cómo los mercados son una parte importante de nuestro acontecer. La visión escrita de Bernal Díaz del Castillo, interpretada por Rivera, permite incluso imaginar los sonidos de todo lo que sucede en escena, el paisaje mexicano que se aleja del cliché para equilibrar la multitud y las mercancías que se ofertan por doquier en primer plano. A este ambiente se enfrentaron los conquistadores en pleno 1519; su sorpresa no fue minúscula: una actividad común convertida en un suceso ritual, celebrado día con día.
Si trasladamos lo anterior hasta nuestros días, no estaremos lejos de comprender por qué estos lugares públicos son una escala obligada para cualquier turista que busque llevar a otro nivel su capacidad de asombro y permitirse encontrar sucesos peculiares con un alto grado de belleza cotidiana. Bien dosificado, el recinto comercial en nuestro país es un espacio ceremonial por excelencia.
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Mercado en Iguala, Guerrero, 1901. |
La semilla
Es necesario recordar que los referentes históricos de la actividad comercial nos llevan al siglo XIII, cuando la cuenca del Valle de México sostenía el intercambio de bienes entre los pueblos tepanecas y nahuas que, en pleno lago de Texcoco, consolidaban una red bien estructurada de puertos agrícolas y pesqueros por los cuales circulaban plumas de colibrí, quetzal, guacamaya; pieles de ocelote y jaguar; maíz, calabaza, chile, perros, navajas de obsidiana, joyería y armas, entre otros objetos de gran valor. Así, con el crecimiento de la sociedad prehispánica, la presencia de los mercados prosperó e incluso se fueron especializando. Por ejemplo funcionaba el de Azcapotzalco, para la venta de esclavos; el de Cholollan, exclusivamente para el comercio de joyas, piedras preciosas y plumas de aves; el de Texcoco enfocado en la ropa, jicaras y loza; y el de Acolman, donde se comerciaban perros para domesticar y comer.
Hasta antes de la Conquista, el referente obligado fue Tlatelolco. Después de ella perdió auge dando paso al tianguis Juan Velásquez, que se encontraba donde hoy apreciamos el Palacio de Bellas Artes y que más tarde sería trasladado a la Plaza Mayor, incorporando otros dos mercados fundamentales: El Parián y El Baratillo. Los productos suntuosos o importados se ofrecían en el primero, mientras las mercancías locales y la venta de objetos –incluso usados– de bajo costo eran exclusivos del segundo. |
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Mercado Popular de la colonia Moctezuma,
Ciudad de México. |
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Nostalgia comercial
Entre puestos ambulantes y el bullicio del Centro Histórico de la Ciudad de México, se asoma el fantasma de lo que en pleno siglo XVIII fue el Mercado el Volador, el primero proyectado en forma por un arquitecto y del cual se cuenta con el registro de sus planos originales. Hoy poco se recuerda de él pues su gloria fue consumida por las llamas. En su lugar, desde 1935 se erige el Palacio de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.
Casos excepcionales de estas obras pueden citarse a lo largo y ancho del país. Tan sólo en la Ciudad de México se tiene un registro de más de 317 mercados públicos, de los cuales destaca el de La Merced en el Centro Histórico y El Chorrito en el barrio de Tacubaya, ambos recintos realizados por el arquitecto Enrique del Moral; el nuevo mercado de San Pablo Oztotepec en Milpa Alta; el de Mixcoac; e, incluso, los tres mercados de flores y plantas en Xochimilco, donde destaca el Mercado Histórico de San Luis Tlaxialtemalco. En el interior del país sobresalen
el Mercado Libertad, mejor conocido como San Juan de Dios, en Guadalajara; el Santa Ana en Mérida, Yucatán; y el de Oaxaca. Todos ellos, a pesar de sus evidentes diferencias, conservan lo mejor: el festín mientras se obtiene con folclor su mandado, el alimento del día, incluso una conversación, una anécdota. Habría que hacer justicia al mencionar otros, que poseen magia excepcional, y observar los detalles que los hacen únicos o valiosos en términos históricos pero, sobre todo, culturales. Aquí una prueba: el altar o patrono que poseen la mayoría son muestra fehaciente de la herencia prehispánica de los mexicas que acostumbraban tener sobre un momoztli (altar) un ídolo al que le ofrendaban parte de los alimentos
que iban a vender.
A la pantalla grande
Diversas películas de la Época de Oro del cine mexicano han encontrado en estos espacios la atmósfera ideal para retratar el momento histórico de una sociedad en pleno desarrollo que no sabe bien cómo dejar lo rural para enfrentar una modernidad que le ha llegado de forma inesperada. Ejemplos de este retrato documental son los trabajos de Luis Buñuel en Los olvidados (1950); décadas más tarde, El mil usos (1981), dirigida por Roberto G. Rivera, que oscila entre la realidad y la sátira; y el abuso excesivo del ingenio y picardía popular que hizo Gilberto Martínez Solares en Los verduleros (1986-1989).
Los personajes de los mercados, sus códigos, la música que llena los rincones, su arquitectura y toda la carga emocional que tiene el sentirse dentro de la vida del barrio aún es algo que nos colma los sentidos, gracias a su entorno plural e integrador que permite convivir a todos por igual, a pesar de sus diferencias.
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Mercado Aldama 1901. San Miguel de Allende, Guanajuato. |
La invitación está hecha: visite lo antes posible el mercado más cercano y comience a disfrutar la experiencia en estos recintos que nos hablan de nuestra historia llevándonos al pasado de forma inmediata. En esta máquina de tiempo la satisfacción está garantizada.
Marcos G. Betanzos Correa. Es arquitecto por la Escuela Superior de Ingeniería y Arquitectura del IPN. Actualmente desarrolla un trabajo de fotografía documental sobre mercados públicos denominado Mercaderes: último grito del mercado público. |
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Mercado de Artesanías. San Miguel de Allende, Guanajuato. |
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