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La cocina
Bertha Jean de Penella
El fogón de la cocina de mi abuela es largo y está forrado por fuera con azulejos de Puebla. Las hornillas cuelan hacia abajo la ceniza blanca y aromática del carbón de madera, cuyas ascuas enrojecidas alimentan la lumbre todo el día.
Son las siete, comienza a anochecer, se escucha cercano el silbato del tren de Buenavista y un pregón callejero, triste y prolongado: “¡Hay eloteeees!”
Sentados frente al fogón, en sillitas bajas de palma, contemplamos cómo cae la ceniza y se amontona formando una pirámide crujiente y cálida; ahí ponemos unas papas crudas sin pelar; sepultadas en la ceniza, se asan lentamente... entre tanto, la abuela pica un ramito de perejil y una cebolla chica.
¡Ya están las papas! Las sacamos con la ayuda de un trinche largo; al partirlas por la mitad humean, la mantequilla se derrite al contacto de la pulpa y luego recibe la lluvia verde y blanca de cebolla y perejil; con sal las comemos aspirando su delicioso aroma campesino.
Ahí mismo se van asando también varias castañas cuya madera pulida se parte entre los dedos de los niños que meriendan. En jarros grandes de barro vidriado bebemos el atole blanco (de masa y almendras) que la abuela prepara en los desayunos de Primera Comunión.
¡Cocina mexicana de antaño, tan distante de la estufa de gas y el horno de microondas! 
