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  Fonoteca
Nacional

Entre la memoria
y el futuro

Texto: Fabián Aranda Calderón de la Barca
Fotos: Cortesía Fototeca Nacional




Audífonos, discos, bocinas, tornamesas, casetes, micrófonos, metrónomos, fagots, grabadoras, teléfonos... modernos y no tanto, artilugios para amaestrar el sonido, para enjaularlo y darle instrucciones de cuándo y cómo respirar, a veces con una actitud un tanto ingenua, pues el sonido está más allá de nuestro control. De nada valen nuestros veleritos para navegar en el océano sonoro.
Pero el asunto cambia en términos de los límites de la memoria que nos permiten redescubrir nuestras historias atrapadas en cápsulas de policarbonato o de vinilo. Hace varios siglos, Gutemberg entintó la memoria; hace algunas décadas, los trabajos de León Scott, Charles Cros y Thomas Alba Edison lograron atrapar el sonido; hace algunos años Karlheinz Brandenburg utilizaba por vez primera la extensión mp3. Comenzó así la historia: desde la ciencia, para la memoria. Poco a poco, otros sueños fueron ampliando las posibilidades del sonido congelado: vinieron la radio y los discos, la música y la información se hacían omnipresentes. Se amontonaron los años y los cilindros, las cintas magnéticas. Al voltear la mirada, descubrimos un acervo impresionante y variopinto, pero sin orden alguno. Nacieron así las fonotecas, bóvedas sonoras para preservar la memoria auditiva de la humanidad.
México no fue la excepción: el INAH, el Instituto Mora, la XEW y otras tantas instituciones fueron catalogando sus acervos, pero faltaba una iniciativa que pusiera al servicio de los ciudadanos ese patrimonio. En 2005, nació la iniciativa de crear una Fonoteca Nacional que abriría sus puertas tres años después. De acuerdo con Álvaro Hegewisch, actual director de la Fonoteca Nacional, “el diseño de esta Fonoteca Nacional y la idea del proyecto nació desde Radio Educación, promovido por su directora, la Dra. Lidia Camacho, y después se retomó como un proyecto a nivel nacional”.


El espacio
Muchas son las razones para visitar la Fonoteca Nacional, una de las más llamativas es el espacio físico que ocupa. Ubicada en el viejo Barrio de Santa Catarina, Coyoacán, en el número 383 de Francisco Sosa, esta institución ocupa el recinto histórico conocido como Casa Alvarado, una construcción que data del siglo XVIII y cuya fama y nombre se deben a la antropóloga Zelia Nuttall, quien fuera dueña del inmueble desde 1902 hasta 1932, cuando se declaró monumento histórico. La anécdota del nombre merece paréntesis: era conocida como la Quinta Rosalía, pero al ser ocupada por Zelia Nuttall, ella cambió el nombre pues, según rumores, el conquistador Pedro de Alvarado la habría habitado. La misma Nuttall descubrió que los rumores eran falsos, sin embargo, el inmueble conservó la referencia.
 



Entre 1932 y 2004, la Casa Alvarado cambió varias veces de función y administradores, albergando en sus salones a la Enciclopedia de México, una biblioteca, una librería y, finalmente, como sede de la Fundación Octavio Paz, donde habitara el poeta desde diciembre de 1997 hasta el día de su muerte. En 2004 pasó a manos del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, con la finalidad de establecer ahí la Fonoteca Nacional.
Actualmente, el recinto está dividido en ocho áreas que incluyen una sala de exhibición, una audioteca y el edificio de preservación, además del jardín sonoro, donde el visitante puede caminar y disfrutar de la reproducción de diversas obras de arte sonoro. “Lo primero que se ha hecho en la Fonoteca Nacional es abrir las puertas, porque nos parecía muy importante tener un sitio donde puedan llegar las familias. Lo primero era dar a conocer este lugar como un lugar amable, abierto, en el cual se pueda pasar un buen rato”, comenta Álvaro Hegewisch.
Preservar
Tres ejes definen los quehaceres de la Fonoteca Nacional. En primer lugar, la preservación del patrimonio sonoro del país. Radionovelas, discursos, música tradicional, comerciales y un sinfín de documentos auditivos se encuentran resguardados por esta institución que, sin embargo, “no nació para acopiar todo el acervo sonoro, sino como una institución que pueda ayudar a otras instituciones a que su acervo se preserve mejor, una institución que sume esfuerzos con otras instituciones que no cuentan con equipo como con el que contamos”.

El sistema de preservación de documentos consta de dos elementos clave: por un lado, el edificio de preservación, una bóveda donde se recuperan y preservan los archivos, sin importar su soporte: carretes abiertos, discos de vinilo y otros materiales se mantienen bajo condiciones de temperatura y humedad que evitan su desgaste y extinción. Pero, además, los documentos son digitalizados con los más altos estándares de calidad. Así, el acervo general se compone de los documentos recuperados y los archivos que nacen digitales, integrados en un sistema de gestión y almacenamiento masivo digital que vincula el documento con su ficha catalográfica, es decir, toda la información técnica e histórica del documento. Esa particularidad la vuelve única en América Latina.


 

A través de convenios con otras instituciones, así como con la recepción y análisis de acervos personales, la Fonoteca ha logrado recuperar documentos históricos invaluables. Una ardua labor, porque “si el acervo analógico se puede contar, el acervo digital es inconmensurable, o sea, si pensamos en todo lo que se graba en un día en el mundo… es una locura, entonces tenemos que determinar un criterio, qué es lo valioso, qué tiene un testimonio histórico, social o cultural –menciona el maestro Hegewisch–, no queremos llenar las bóvedas de soportes sin valor, sino que esté todo lo que haya que preservar, que esté bien preservado físicamente, pero también tenemos un plan prospectivo de crecimiento tecnológico, porque la Fonoteca nació con tecnología de punta pero, todos lo sabemos, a los dos años ésta ya no es de punta, y a los tres años ya es obsoleta. Estamos tratando de generar un plan de inversión a cinco años para crecimiento en almacenamiento digital y una migración tecnológica, siempre pensando que somos un país que no tiene las capacidades económicas de los países del primer mundo”.

Reaprender a escuchar
“La Fonoteca Nacional es una entidad coordinadora para preservar el patrimonio sonoro que nace como una institución que difunde, que promueve una cultura del escucha”. Es el segundo eje de la Fonoteca: la difusión, la generación de una conciencia sonora. De nada sirven los archivos si se desconoce su valor.


Además de exposiciones, encuentros y talleres de capacitación, “estamos haciendo una serie de sesiones de escucha dirigidas. ¿Qué es esto? Es recuperar los encuentros que se hacían antes, cuando no existía la televisión, cuando la gente llegaba a su casa y escuchaban la radionovela en la radio, se sentaban a oír la radio o a oír un disco; es algo que hemos perdido. La gente, en lugares menos urbanizados, se sienta en los portales a platicar y a escuchar. Hemos perdido esa capacidad. Hacemos estas sesiones de escucha para que la gente se siente a escuchar documentos sonoros que no se pueden escuchar en otro lado. Aquí tenemos radionovelas, comerciales, el acervo histórico de la XEW, una selección discográfica de la XEVA, las grabaciones de campo de Thomas Stanford”.

Transformar
Finalmente, la Fonoteca Nacional no se conforma con preservar y difundir el patrimonio sonoro, sino que extiende sus labores hacia la producción de diversos materiales para crear esa cultura del escucha. “México Suena Así…” y “Paisaje Sonoro”, son dos de los proyectos que “conviven en un mismo programa, el Programa de Paisaje Sonoro y Sonidos en Peligro de Extinción.” “México Suena Así…” es un proyecto para divulgar nuestra riqueza sonora, el atractivo de un lugar no solamente es visual, no solamente es la laguna azul o la selva Lacandona, ahí existe una diversidad sonora impresionante. Es una herramienta para hacer conciencia del valor de lo sonoro. “Paisaje Sonoro” es un concepto creado por Murray Schaffer, que tiene que ver con la identificación de los sonidos que vuelven un lugar particular, un ejemplo muy claro es si uno va a La Merced o a Tepito, la forma en la que se ofrece la venta de mercancía. “En ese sentido, lo que estamos haciendo es recuperar sonidos en peligro de extinción: el organillero, el afilador. Por otro lado se está haciendo, y de eso ya tenemos varias producciones, paisajes sonoros por Estado”.
Echando mano de las nuevas tecnologías, comparte el director de la Fonoteca, “pronto vamos a generar la plataforma de un mapa sonoro de México a través de Google Maps. La idea es que este mapa pueda ser interactivo. Estamos pensando en hacer un concurso para que la gente pueda registrar su paisaje sonoro y mandarlo para después subirlo al mapa sonoro de México”.

Tendiendo puentes
Cuando se abren brechas, necesitamos puentes para unir los extremos. La Fonoteca Nacional, en ese sentido, tiende diversas líneas con el fin de articular realidades que parecen inconexas: una que va del pasado y la memoria hacia la preservación y la tecnología; otra que aproxima las labores de la investigación con el goce de la creación artística, y uno más que hermana el hábito de escuchar reconociendo a los otros y al entorno con la conciencia de nuestro patrimonio histórico. imagen

 

¿Qué se puede escuchar en la Fonoteca Nacional? Por ejemplo:

  • Una carta de Porfirio Díaz a Thomas Alba Edison, grabada en 1909 en el Castillo de Chapultepec.

    La primera versión grabada del Himno Nacional Mexicano.
    Un jingle del detergente Fab, escrito por Salvador Novo, en 1953.

    Cantos huicholes registrados por Carl Lumholtz, en 1896.

    La historia de un hombre que protegió a los pobre y luchó contra la injusticia: “Chucho, el Roto”.

 
Fabián Aranda Calderón de la Barca. Es periodista y comunicólogo, egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México.
www.fonotecanacional.gob.mx


 

 

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