Navidad a
la
mexicana
Fiestas y tradiciones decembrinas
Anna Goycoolea

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El calendario ceremonial
Sea como sea, estamos ante todo un complejo festivo. Es religioso, católico, eso que ni qué, pero creyentes y no creyentes estamos listos para la celebración. Forma parte de lo que en el calendario ceremonial católico corresponde al ciclo del nacimiento de Cristo y a sus primeros pasos. Empieza con el Adviento al que siguen la Natividad de Jesús, el Año Nuevo, la Epifanía o Adoración de los Reyes y culmina con la Candelaria o Fiesta de la Purificación.
El Adviento da inicio el último domingo de noviembre, esto es, cuatro domingos antes de la Navidad. Es entonces cuando se confecciona la Corona de Adviento: círculo de follaje verde, usualmente de pino, atado con un listón rojo; en el centro, cuatro velas: tres moradas, que significan penitencia, y una blanca, asociada con el triunfo de la esperanza y la alegría. Cada domingo se enciende una de las velas, empezando por las moradas. Este periodo consiste en la preparación espiritual para la “llegada” de Jesús. Recordemos que en latín, “adviento” significa “llegada”.
Las posadas
Vienen después nuestras tradicionales posadas que tienen lugar, una por día, del 16 al 24 de diciembre: nueve días que se inscriben en el novenario de la Navidad. Hay quien dice que son puramente mexicanas, pero también quien asegura que provienen de Andalucía. Lo que se sabe de cierto, es que ya en la época colonial se celebraban las misas de Aguinaldo, cuyo sentido era lograr mejor adoctrinamiento de los naturales y que, con el tiempo, derivarían en las posadas. La primera de estas misas ocurrió en el poblado de San Agustín de Acolman en 1587, gracias a los buenos oficios de fray Diego de Soria ante el papa Sixto V. Un dato interesante es su relación con las trascendentes festividades en honor a Huitzilopochtli, el dios más importante de los mexicas, asociado con la guerra, pero también con el sol. Tales festividades se realizaban en el mes de diciembre. Empatar con ellas las misas de Aguinaldo explicaría por qué éstas fueron aceptadas entre la población y, convertidas posteriormente en nuestras posadas, adquirieron tanto arraigo y personalidad propia; dicho de otra manera, daría cuenta de por qué se hicieron tan mexicanas.
Como es lógico, a lo largo de los siglos las posadas se han ido transformando. De entrada, pasaron de los atrios de las iglesias a los pueblos, a las casas, con lo que lograron mayor participación y popularidad. Dicho sea de paso, nuestras posadas no parecen tener ya el carácter de preparación espiritual alguna, ni estrictamente ningún otro de los que les dieron origen. Esperadas por chicos y grandes, se han convertido de tiempo atrás en
sonadas, concurridas y divertidas fiestas. A tal grado han sido escandalosas en nuestra historia que, en 1808, fueron prohibidas por el arzobispo de la época, lo que, como bien nos consta, no prosperó.
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Calles, plazas, barrios, vecindades,
casas, profusamente adornados principalmente con farolitos de papel de los que cuelga heno, son los espacios en que ocurre la representación del relato sobre el largo y penoso peregrinar de José y la Virgen María, ya embarazada, hacia Belén desde Nazareth, para empadronarse en el censo ordenado por César Augusto. A lo largo de su recorrido, estos peregrinos pasan por numerosas penurias; piden posada de puerta en puerta y se les niega. Para cada posada se conforman dos grupos integrados por todos los asistentes a la fiesta: el de los santos peregrinos, que permanecen fuera de la casa; y el de quienes niegan o, finalmente, otorgan posada, que están dentro de ella. Un popular canto es entonado, correspondiendo unas estrofas a los que están fuera y otras, a manera de respuesta, a los que están dentro. Consiste en la petición, por un lado, de alojamiento y, por el otro, en su negación y, finalmente, aceptación. En este momento, se
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abren las puertas de la casa y da inicio la fiesta en grande. Se reparten canastitas con dulces o colación, silbatos, espantasuegras, luces de bengala, cohetes, buscapiés. |
Las piñatas
Se pasa entonces al rompimiento de la piñata, para el que existen conocidos y no tan conocidos versos que se cantan en coro. La piñata, esa olla de barro forrada de papel multicolor que pende de un mecate, a la que con los ojos bien vendados se le pega con furia hasta quebrarla, lleva en sus entrañas toda clase de dulces, frutas y raíces, como jícamas, tejocotes, guayabas, naranjas y limas. Existen muchas versiones
sobre su origen y significado: que fue Marco Polo quien, en el siglo XII, la llevó a Italia, proveniente de China, y ahí adoptó el nombre de “pignatta”, “olla frágil” en italiano; que debe su nombre a la forma de piña que en algún momento tuvo; que los reyes de la casa Borbón acostumbraban romper piñatas rellenas de monedas y piedras preciosas en las celebraciones de la corte; que empezaron a utilizarse y romperse en España, rellenas de dulces en los festejos del primer domingo de Cuaresma, también llamado domingo de piñata; que fueron los conquistadores quienes la trajeron a nuestro territorio; que representan a Satanás y golpearlas con fuerza supone la destrucción del malévolo personaje; que los picos de su original forma de estrella simbolizan los siete pecados capitales a los que se vence a golpe de palo.
Pero la primera piñata de la que se tiene conocimiento en la Nueva España se fabricó y se quebró en Iztacalco, como quedó consignado en un cuadro del pintor barroco español Juan Rodríguez Juárez (1675-1728). Se sabe bien que la piñata ocupó su lugar durante la Cuaresma. Lo que no se sabe, sin embargo, es cuándo pasó la piñata de la Cuaresma a la Navidad. Lo cierto es que pasó y ahí está, todavía vivita y coleando, acompañándonos en cuanta posada se organiza, para regocijo de todos y, en particular, de los niños, siempre dispuestos a quebrarla y a lanzarse al suelo con pasión para recoger su contenido. Ahora, no sólo en las posadas se goza de la gran piñata, cualquier fiesta que se respete tiene la suya. ¡Y qué bonitas son! ¡Cuanta imaginación llevan en su creación! Especialistas en el arte efímero, los artesanos que las elaboran merecen no uno, sino muchos homenajes. |
Mercado de flores en Xochimilco, Ciudad de México. |
| Mercado de Coyoacán. Ciudad de México. |
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¡A comer y beber!
Durante y después del episodio de la piñata, los invitados reciben ponche, una espléndida bebida que, a pesar de su nombre anglosajón, es también muy nuestra, preparada con frutas y otros ingredientes más que nuestros: tejocotes, guayabas, ciruelas pasa, tamarindo, jamaica, piloncillo, canela… todo junto se pone a hervir y se sirve caliente. Para los que pueden, se le añade “piquete”; el tequila es una buena y gran opción. Tamales, atoles –el maíz siempre presente–, buñuelos servidos con miel de guayaba o piloncillo y otros platillos, a gusto de los anfitriones y con frecuencia propios de la región, se distribuyen entre los comensales. Y es que no hay celebración en México que no incluya como uno de sus ejes la comida. Acto seguido, entra la música que ya ha perdido sus tintes, algo religiosos, algo profanos, de los primeros momentos de la fiesta: ahora, es música para bailar hasta que el cuerpo aguante.
La cena de Navidad
Todo esto opera más o menos como lo he descrito, con sus variantes, para las primeras ocho posadas. La novena es, en mucho, otra cosa. Se trata de la posada de Nochebuena, la que corresponde a la noche anterior al nacimiento de Jesús. Es celebración aparte, con otros rasgos, otras características. Consiste en la misa de Gallo, que aparentemente debe su nombre a que fue un gallo el primero en presenciar el alumbramiento y anunciarlo al mundo. Hay que recordar también, sin embargo, que el gallo es un símbolo solar porque se asocia a la vigilancia y su canto anuncia la salida del sol, el tránsito de la oscuridad a la luz. Esta misa se oficia a la medianoche, aunque en muchas parroquias suele tener lugar a las 22:00 horas, para lograr la asistencia de mayor número de feligreses. La Nochebuena consiste también, y fundamentalmente,
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fundamentalmente, cuando menos hoy día, en una cena familiar, pero de familia extensa, con primos, tíos, cuñados, abuelos y demás. La cena es entonces protagonista. En la preparación de los platillos para la ocasión suelen participar los distintos miembros de la familia, con lo que se estrechan los lazos familiares. Ya sea por medio del “a ti te toca traer” o por medio de la intervención colectiva directa en la elaboración culinaria el mismo día 24, pero, de una u otra forma, todos tienen que ver en el asunto.
Pavo relleno, bacalao a la vizcaína, romeritos en revoltijo, ensalada de Nochebuena, ponche de Navidad, buñuelos, pan de Navidad, son acaso los manjares que más se acostumbran y cuyos sabores, olores y colores nos remiten inevitablemente a nuestra más tierna infancia porque nos dejaron desde entonces una honda huella en el alma. Así es esto de la cocina, de la comida: es entrañable. Y lo es porque nos transporta al ámbito profundo de la afectividad, pero también al de la identidad, al de la historia propia como pueblo, con toda nuestra riquísima diversidad cultural. Cada platillo reúne una gran cantidad de ingredientes pero, sobre todo, concentra un enorme cúmulo de conocimientos ancestrales. En nuestra cocina popular se dan encuentro distintas tradiciones culinarias, como resultado de un largo proceso de sincretismo, pero bajo técnicas y procedimientos que nos son propios. Fundamental es el papel que juega la tradición indígena, con toda su aportación en materia de ingredientes y formas de producción y uso; en técnicas y procedimientos de cuidado y elaboración de alimentos. Necesitaríamos muchas páginas para dar cuenta cabal del significado profundo de toda esta tradición. Pensemos solamente en el muy famoso pavo, el guajolote que México dio al mundo para beneplácito de las más distintas culturas. Hoy todavía, algunos pueblos indígenas le otorgan un papel preponderante entre las aves de corral. Es, sin duda, la más apreciada y su consumo se destina solamente a autoridades y padrinos. Su dieta, entonces, es distinta a la de las demás aves: mientras éstas se alimentan de granos de maíz, al guajolote se le proporciona principalmente nixtamal. Hoy el guajolote, cargado de historia, está en nuestra mesa de Navidad, bajo el nombre de pavo relleno, como muestra clara del mestizaje culinario. |
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Y qué decir de los romeritos, uno de esos numerosos quelites que crecen en la milpa, espacio ancestral de cultivo del maíz –la planta sagrada por excelencia– junto con otras plantas alimenticias. La milpa no es más que la reproducción de un cosmos en miniatura que para el pensamiento indígena representa la fuente más importante de alimentos. En cuanto al chile, es bien sabido que sus distintas especies fueron tan importantes en la gastronomía prehispánica, que su cultivo contaba con una divinidad protectora, conocida entre los mexicas como Tlatlauhqui Cihuatl Chilzontli, “señora roja del respetable chile”. Es un verdadero honor contar en nuestra mesa navideña con los romeritos revueltos con mole elaborado con chiles anchos, pasilla y mulatos, además de ajonjolí, almendras tostadas y canela… y con tortas de camarón, nopales y papitas. No olvidemos, por otra parte, a la ensalada de Nochebuena, una de cuyas recetas actuales indica que lleva lechuga, betabel cocido, trocitos de caña, naranja, limón real, plátano macho, manzana, lima, jícama y cacahuates: toda una explosión de tonalidades y sabores. El primer registro de esta ensalada aparece en 1831, en El cocinero mexicano, donde además de la receta de la época se consigna: “De todas las ensaladas, la más pomposa y magnífica es, sin contradicción, la de Nochebuena, de suerte que podría llamarse La Ensalada por antonomasia: ¡Qué mezcla de cosas! ¡Qué abundancia de sustancias! Un platón de ella es la Plaza del Volador en miniatura y, en una palabra, es la olla podrida de viernes y en crudo”. Y eso sólo para hablar de algunos de los manjares de Nochebuena. Bocados gigantescos de historia y culturas, de búsquedas, de laboriosidad, de conocimientos y técnicas ancestrales; de todo eso que nos cohesiona, nos da sentido e identidad.
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Tradicionales romeritos. |
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Y qué decir de los romeritos, uno de esos numerosos quelites que crecen en la milpa, espacio ancestral de cultivo del maíz –la planta sagrada por excelencia– junto con otras plantas alimenticias. La milpa no es más que la reproducción de un cosmos en miniatura que para el pensamiento indígena representa la fuente más importante de alimentos. En cuanto al chile, es bien sabido que sus distintas especies fueron tan importantes en la gastronomía prehispánica, que su cultivo contaba con una divinidad protectora, conocida entre los mexicas como Tlatlauhqui Cihuatl Chilzontli, “señora roja del respetable chile”. Es un verdadero honor contar en nuestra mesa navideña con los romeritos revueltos con mole elaborado con chiles anchos, pasilla y mulatos, además de ajonjolí, almendras tostadas y canela… y con tortas de camarón, nopales y papitas. No olvidemos, por otra parte, a la ensalada de Nochebuena, una de cuyas recetas actuales indica que lleva lechuga, betabel cocido, trocitos de caña, naranja, limón real, plátano macho, manzana, lima, jícama y cacahuates: toda una explosión de tonalidades y sabores. El primer registro de esta ensalada aparece en 1831, en El cocinero mexicano, donde además de la receta de la época se consigna: “De todas las ensaladas, la más pomposa y magnífica es, sin contradicción, la de Nochebuena, de suerte que podría llamarse La Ensalada por antonomasia: ¡Qué mezcla de cosas! ¡Qué abundancia de sustancias! Un platón de ella es la Plaza del Volador en miniatura y, en una palabra, es la olla podrida de viernes y en crudo”. Y eso sólo para hablar de algunos de los manjares de Nochebuena. Bocados gigantescos de historia y culturas, de búsquedas, de laboriosidad, de conocimientos y técnicas ancestrales; de todo eso que nos cohesiona, nos da sentido e identidad.
De colores
Toda una escenografía significativa se monta en barrios, calles, plazas y en el interior de las casas para acompañarnos en las celebraciones de este importante ciclo festivo. Luces multicolores invaden todos los espacios; adornan muros, fachadas, entradas, árboles; iluminan profusamente a mercados y centros comerciales. Nacimientos, flores de Nochebuena, pinos navideños de los que cuelgan coloridas y brillantes esferas y toda clase de elementos
a gusto de quienes los adornan. Es un mundo de imaginación en que se mezclan tradiciones propias y extrañas, expresiones artesanales y artísticas de rico contenido. Completan el gigantesco escenario villancicos que |
Mercado de Portales. Ciudad de México. |
dondequiera se escuchan… Y las pastorelas, hoy convertidas en divertidas expresiones de teatro popular, en las que se narran las peripecias de los pastores para llegar a la adoración del niño Jesús, luego de que les es informado su nacimiento y han recibido la petición de ser portadores de la noticia. Personajes “tipo”, como diablos, ángeles y arcángeles, pastores, además de José y la virgen María, mediante diálogos, cantos, música y, sobre todo, mucho humor, participan en estas representaciones que ocurren en diversos recintos y plazas. Por su importancia y significado cultural en nuestro país, acaso vale la pena detenerse en los nacimientos y en la flor de Nochebuena. |
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Pastorela. Irapuato, Guanajuato, 1976. |
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Nacimientos
Sin duda, los “nacimientos” o “belenes”, arraigados en nuestra cultura, juegan un papel particularmente relevante en las celebraciones decembrinas. Están al principio y al final de las mismas. El nacimiento debe colocarse desde la primera posada, aunque sin el niño, que aparecerá sólo a partir de la Nochebuena. Es larga la historia que se puede contar sobre su origen y vicisitudes. Apuntaremos solamente que fue a San Francisco de Asís a quien se debe el primer nacimiento, por ahí del año 1223: en una ermita o cueva de Greccio, Italia, construyó un pesebre con mucho heno, colocó un buey y un asno que pidió prestados y convocó a un pequeño grupo de gente a escenificar la adoración de los pastores. Esta representación plástica fue el origen de una tradición que muy pronto adoptó todo el mundo cristiano.
En lo que hoy es México, el inicio de los nacimientos fue seguramente a mediados del siglo XVI, cuando los frailes franciscanos radicados en el poblado de Tlajomulco, Jalisco, promovieron la realización de la Navidad en vivo. Bajo una tupida enramada, la escenificaban personajes como la Virgen María, San José, el niño Jesús, el buey y la mula, así como un coro de ángeles, pastores, Herodes y los Reyes Magos.
Los nacimientos con figuras de barro se popularizaron mucho más tarde, ya en el siglo XVIII. Figuras de marfil y
porcelan aprovenientes de Filipinas
y China; de maderas finas o de zumpantle, también aparecían en los diferentes
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Nacimiento tradicional. |
nacimientos, sobre todo en aquellos de las familias más ricas. A partir del siglo XIX, podían encontrarse figuras de cera y de plata. Materiales como paja, hojas de elote, papel, cáscara de nuez, vidrio, azúcar y alambre, son también buenos hoy día para seguir mostrando la creatividad y la destreza de nuestros artesanos.
Y si hay elementos y personajes imprescindibles en todo nacimiento, como el pesebre, el heno, la virgen, José, el niño, el buey, la mula e, incluso, el borrego, son ya muchos más los que se le han ido añadiendo, dependiendo de la imaginación, ingenio y habilidad de quienes crean y recrean los pequeños y, a veces, no tan pequeños escenarios. Desde luego, el ángel, la estrella fugaz, los pastores y los Reyes Magos ya forman parte de la mayoría de ellos. Puentes, estanques, ríos, cerros, árboles, patos, gallinas, gallos, pollitos, vendedoras de frutas, nopales y otros cactus, nieve, colocados todos sobre musgo y heno, se han ido incorporando a muchos de nuestros belenes. Como su instalación suele ser colectiva, lo que en ellos puede aparecer resulta ciertamente inesperado. No es de extrañar, porque en realidad, nuestros nacimientos están bien vivos. |
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Mercado de Portales. Ciudad de México. |
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La flor de Nochebuena
La flor de Nochebuena es otra gran protagonista de nuestras festividades. Está siempre presente y es una de las más bellas aportaciones de México al mundo. Su nombre en náhuatl es cuetlaxóchitl y quiere decir “flor que se marchita”. Para los mexicas ya era una flor ritual y se utilizaba en múltiples celebraciones, simbolizando la pureza y la nueva vida de los guerreros muertos en batalla. En la época colonial, se usó frecuentemente para adornar las iglesias. Se dice que Joel Poinsett, primer embajador norteamericano en México, fue quien mayormente contribuyó a su difusión. Se la llevó a Charleston, Estados Unidos, su pueblo natal, donde la planta encontró condiciones propicias para reproducirse. Así, se expandió por todo su país, pasando después a Europa. Como era de suponer, Poinsett jamás dijo que la flor era mexicana; de ahí que adoptó el extraño nombre de Poinsetta. Sin duda, suena mejor cuetlaxóchitl o flor de Nochebuena. Para nosotros, es difícil imaginar las navidades sin esta flor.
Dejo irremediablemente en el tintero a los árboles de Navidad y su poderoso significado en la historia; a Santa Claus y sus orígenes, con frecuencia vinculados con la generosidad; a los dulces y pegajosos villancicos; a los Santos Inocentes y las bromas que acarrean; al Año Nuevo y sus rituales; a los distinguidos y bondadosos Reyes Magos, delicia de los niños y dolor de cabeza de los padres; a la espléndida Rosca de Reyes y sus niñitos; a la Candelaria, sus tamales, atoles y raíces prehispánicas, con la que finaliza el ciclo festivo navideño.
Feliz Navidad
La fiesta es, indudablemente, una de las funciones sociales de la Navidad y, tal vez, su característica primordial cuando menos hoy día. Por ello, a pesar de su esencia religiosa, no solamente son los creyentes quienes se
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Mercado de flores en Xochimilco, Ciudad de México. |
aprestan a celebrarla. Somos todos y cada uno de nosotros quienes lo hacemos, porque lo que fundamentalmente festejamos es la sociabilidad, la vida en su comienzo y final, la esperanza, el intercambio, el restablecimiento, si bien con frecuencia momentáneo, de esa vieja amistad perdida en algún lugar del camino; el estrechamiento de los lazos familiares. Sí, está presente una historia, el nacimiento de Jesús; ella ampara y legitima esa sociabilidad.
Anna Goycoolea. Es arqueóloga y subdirectora de Investigación y Publicaciones de la Dirección General de Culturas Populares, CONACULTA. |
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Mercado de flores en Xochimilco, Ciudad de México. |
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