Alebrijes, Oaxaca, Oaxaca © Bruno Pérez Chávez

Publicado el: 23 de Septiembre, 2014

Doña Marina para los españoles, Malinalli (“hierba torcida” en náhuatl) o Malintzin para sus hermanos indígenas, la Malinche para nosotros, hijos del mayor parteaguas en la historia de México: la Conquista. Ante esta diversidad nominal cabe preguntarnos ¿qué hay detrás de este nombre? ¿Por qué el uso de uno en vez de otro?

Sin pretensiones feministas, me parece que la figura de la mujer, al menos en la historia de nuestra cultura occidental-cristiana, nunca ha salido bien parada.

Sin pretensiones feministas, me parece que la figura de la mujer, al menos en la historia de nuestra cultura occidental-cristiana, nunca ha salido bien parada.

Cómo olvidar a Eva si todos somos hijos de su fatal error, todos padecemos la expulsión del paraíso por su culpa y cada uno de nosotros, humanos terrenos, cargamos el pecado nefando. Así, la Malinche, heredera de esta tradición discursiva, ha sido creada y recreada simbólicamente como una traidora, como la culpable del fatídico destino de la gran Tenochtitlan y de nuestros múltiples y complejos problemas de identidad que como mexicanos padecemos, uno de los cuales se ha resumido en un rotundo (pero discutible) adjetivo: malinchista.

Es interesantísimo y digno de cuestionamiento la frecuencia y el encono con el que utilizamos el término malinchista, para calificar a quien prefiere lo extranjero sobre lo nacional, bajo este criterio ¿quién no es malinchista en un siglo tecnócrata y globalizador?, donde quien no hable más de un idioma sus fronteras se reducen al mínimo, quien no viaje (física o virtualmente) es un “raro” o el frijol en el arroz de una sociedad ambigua que por un lado aspira a la universalidad (la dictada por el imperialismo gringo) y por otro se jacta de patriótico y nacionalista cuando de reformas energéticas se trata.

Un país conquistado como el nuestro, y como la gran mayoría de los países latinoamericanos, tendrá siempre conflictos de identidad nacional, pues ni se siente indígena, ni es indígena, ni se siente español, ni es español o europeo. Ante estas disyuntivas, muchos intelectuales, nacionales y extranjeros, se han encargado de reconstruir, explicar e interpretar la historia de México, los cuales han encontrado en la Malinche el origen y la razón de muchos de nuestros conflictos identitarios. El más sobresaliente estudioso del tema fue Octavio Paz, quien en su ya consagrado libro El laberinto de la soledad dedica todo un capítulo a psicoanalizar la personalidad de nosotros los mexicanos, a través del análisis del verbo chingar, del cual Paz se basa para construir símbolos muy freudianos, debo decir, de figuras como la Malinche, Cortés y Cuauhtémoc. Sus conclusiones son: “Si la Chingada es una representación de la Madre violada, no me parece forzada asociarla a la Conquista, que fue también una violación. […] El símbolo de la entrega es la Malinche, la amante de Cortés. Y del mismo modo que el niño no perdona a su madre que lo abandone para ir en busca de su padre, el pueblo mexicano no perdona su traición a la Malinche. Ella encarna lo abierto, lo chingado. […] Los malinchistas son los partidarios de que México se abra a lo exterior: los verdaderos hijos de la Malinche, que es la Chingada en persona.”

Las palabras de Paz calaron (y siguen calando) como la espada de Excalibur en el imaginario mexicano, a tal grado que las asumimos como nuestras al momento de querer explicarnos como sociedad; esto es, llegó nuestro Freud mexicano, abrió la caja de Pandora y con ella todas nuestras filias y fobias, salieron a la luz para ser nombradas. Entonces, ¿quién es la Chingada? Nos contesta Paz que “ante todo, es la Madre”; ¿qué es la Conquista? “La Madre violada, chingada”; ¿quién es el hijo de la Chingada? “Es el engendro de la violación, del rapto o de la burla”, vuelve a contestar Paz. Respuestas que se plantaron en nuestro pensamiento colectivo como si proveyeran de un mesías.

La cosa no sería tan complicada si las rotundas aseveraciones de nuestro Nobel de Literatura se hubieran tomado como una opinión más dentro de las muchas perspectivas y puntos de vista que sobre la Malinche y la Conquista se tiene, pero no fue así. Por muchos años (que parecen no acabar) nos hemos definido y explicado a través de las ideas de un intelectual que, a mediados del siglo XX, intentaba dilucidar sobre la compleja identidad del mexicano. Sin embargo, la historia es cambiante, se transforma y evoluciona en tanto que está conformada por nosotros, seres humanos igual de cambiantes y mutables.Hoy, 64 años después de la primera edición del Laberinto de la soledad, no podemos ser los mismos mexicanos que psicoanaliza Paz, ni mucho menos seguir definiéndonos a través de sus interpretaciones que, insisto, son una visión más dentro de muchas otras que responde a circunstancias sociales distintas a las de nuestros días.

Hoy, 64 años después de la primera edición del Laberinto de la soledad, no podemos ser los mismos mexicanos que psicoanaliza Paz, ni mucho menos seguir definiéndonos a través de sus interpretaciones que, insisto, son una visión más dentro de muchas otras que responde a circunstancias sociales distintas a las de nuestros días.

¿Qué tal si hacemos una lectura de nuestra historia y de los personajes que la conforman, en este caso la Malinche, más apegada a las fuentes primarias como las crónicas, la de Bernal Díaz del Castillo, por ejemplo, quien dedica todo un capítulo a la biografía de esta mujer, en un tono de respeto y gratitud? Si lo hiciéramos quizá sabríamos que Malinche era el nombre con el que los mexicas nombraron a Cortés, por ser el conyugue de Malintzin, o bien que esta noble indígena era sumamente respetada y valorada tanto por su pueblo como por los españoles, y que Cortés sí reconoció al hijo que tuvo con ella, cosa que no hizo con sus muchos otros hijos mestizos.

O bien, una que responda a las circunstancias sociales y mundiales que vivimos hoy día, si fuera así consideraríamos a Doña Marina como una mujer admirable, pues sin asistir a escuelas que prometen en menos de tres meses la enseñanza de un idioma foráneo, aprendió tres lenguas distintas; sin programas sociales que fomentan la igualdad de género intercedió en las estrategias militares y políticas al nivel de Cortés y sus capitanes de guerra, sin mes del testamento logró que Cortés reconociera a Martín, el hijo que tuvo con él, que lo enviara a España y le heredara un título nobiliario, riquezas y tierras.

Entendamos que cada nueva era supone un replanteamiento de quiénes somos, de dónde vinimos y a dónde vamos, en ese sentido, la era (moderna, globalizante, tecnológica, multicultural, sin fronteras) que estamos viviendo exige (resignificando lo dicho por Paz) que seamos los verdaderos hijos de la Malinche.

 

Fuente: "Cortez & La Malinche" by unknown Tlaxcalan artists - http://bancroft.berkeley.edu/Exhibits/nativeamericans/lg25_1.html Bancroft Library. Licensed under Public domain via Wikimedia Commons - http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Cortez_%26_La_Malinche.jpg#mediaviewer/File:Cortez_%26_La_Malinche.jpg

Fuente:” Cortés y la Malinche”, por artistas tlaxcaltecas  – http://bancroft.berkeley.edu/Exhibits/nativeamericans/lg25_1.html Bancroft Library. Licensed under Public domain via Wikimedia Commons – http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Cortez_%26_La_Malinche.jpg#mediaviewer/File:Cortez_%26_La_Malinche.jpg

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