Alebrijes, Oaxaca, Oaxaca © Bruno Pérez Chávez

Publicado el: 18 de Septiembre, 2014

Hace unas semanas, Felipe, un amigo vasco que reside en Londres me preguntó: ¿Cómo se siente vivir en México? Titubeé unos minutos frente a mi computadora y no supe qué responder. Quizá muchos mexicanos pensamos casi por inercia en la lista interminable de asesinos y asesinatos, en las invencibles bandas del crimen organizado, en los líderes violentos del narcotráfico, o incluso, en los altos índices de pobreza y corrupción que yacen en el país. Lo cierto es que, aunque no se quiera apreciar, México es mucho más que eso.

Y a la mala me di cuenta.

En febrero de 2012 y con apenas 20 años de edad, decidí emprender una expedición al estado de Guerrero para investigar qué había ocurrido realmente con un grupo de turistas españolas que habían sido ultrajadas en Playa Encantada, un sitio alejado de la franja turística de Acapulco. El tema era delicado y había que andarse con cuidado. En una zona dominada por hasta ahora 17 grupos criminales, todo podía pasar. Y así fue.

Para efectos prácticos, la revista que requirió ésta investigación, me brindó todos los recursos para disponer de gastos personales a mi conveniencia. Mi error fue hospedarme en un hotel cerca de la carretera Amates-Barra Vieja, la zona principal del conflicto.

La primera —y también las últimas noches— fueron terribles. Las balas hacían retumbar los vidrios de las habitaciones y los casquillos se perdían con el eco de una bahía casi desértica. Ya era de madrugada y yo sólo contaba con un sinfín de periódicos locales y un par de libros. La literatura no serviría como ansiolítico ni mucho menos como chaleco antibalas.

Así transcurrieron cuatro días más llenos de incertidumbre y la agobiante sospecha de que algo malo estaba por venir.

La mañana siguiente logré viajar con el alcalde municipal de Acapulco. Un séquito de marinos, policías federales y el Ejército, resguardaban la camioneta blindada del funcionario. Nos dirigíamos a una junta de seguridad con el gobernador del estado. Al llegar al recinto, el ambiente era aún más tenso. Bajé de la camioneta escoltado por un tipo corpulento que me dirigió junto con el equipo del alcalde a un hotel en la zona diamante de Acapulco. El perímetro estaba seguro. Al menos esa tarde.

El sol quemaba más que de costumbre y el viento era tan escaso como la esperanza de salir con vida de la bahía.

Durante todo ese tiempo, no visité La Quebrada, aquel legendario acantilado en el cual se realiza el espectáculo de clavados más desafiante de la República Mexicana. Tampoco me detuve a comer ceviche de pescado ni mucho menos pozole verde acompañado de un buen mezcal.En todo momento preferí cuidar mi espalda y viajar con altos funcionarios que asistir a las reservas naturales de Ixtapa-Zihuatanejo a liberar tortugas.

No fue sino hasta la última noche de esta expedición que reflexioné. No quería adquirir sólo el rol de corresponsal de guerra. Estaba sitiado en un paraíso que me mostraba grandes atardeceres y únicamente me aferraba a mis noches en vela.

“Somos más los buenos que los malos, esto sin duda, es aritméticamente contundente”

Aún con miedo, tenía que enviar un avance de mi reportaje a la redacción en la Ciudad de México. Lo hice con un nuevo enfoque personal: ya era hora de pausar mi actividad periodística en los conflictos entre el estado y el crimen organizado. Mi línea editorial se había convertido en los últimos dos años, en eternas madrugadas de café. A decir de mi rendimiento físico, éste mutó a un aterrador escenario, digno de un largometraje de Guillermo del Toro.

El último día del viaje, empaqué mis cosas y salí a recorrer el Parque Papagayo. En la entrada se encontraban, o se encuentran, unas fuentes parecidas a las del Monumento a la Revolución en el Distrito Federal, donde abundan los trajes de baño y el olor a bloqueador; mientras que en la capital, los pantalones de mezclilla hechos bermudas y los chicharrones preparados con salsa Valentina, le dan un toque veraniego a un DF que quiere ser bahía aunque sea por un par de horas.

Esa tarde compré tamarindos y las tradicionales cocadas. Recorrí el mercado de artesanías con mi inseparable raspado de rompope y más tarde me perdería en el horizonte en una puesta de sol en Pie de la Cuesta.

Era hora de volver al hotel. El avión de regreso a casa partía en unas horas.

“No todo podía estar mal”, pensé mientras las turbinas del avión rugían como despidiéndose por mí de tierras calentanas. Entre tanto desastre, somos más los buenos que los malos, esto sin duda, es aritméticamente contundente.

Regresando al Distrito Federal, hice una última escala en una cafetería y encendí mi computadora portátil. Busqué en el chat de mi red social a Felipe y escribí:

—Vivir en México se siente.

—Es muy genérica tu respuesta, respondería más tarde.

—Si tan solo tuviera la certeza de qué es lo que pasa en un país donde a diario la tragedia convive con la comedia, yo también me estaría preguntado: ¿Cómo se siente vivir en México.

Esa noche llegué a casa. Prendí el televisor y el México que a todos les gusta ver, desgraciadamente, seguía ahí.

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