Manuel Peñafiel Cortesía Familia Monsiváis

Texto de Carlos Eduardo Díaz

Publicado el: 15 de Junio, 2015

Carlos Monsiváis es como el gato de Cheshire de Alicia en el país de las maravillas: no importa que ya no esté, su sonrisa sigue presente en cada rincón de la Ciudad de México que tanto estudió y a cuyos brazos se entregó amorosamente. Al igual que el gato, sus dichos mordaces, paradójicos, complejos y de una profundidad de abismo siguen presentes, explicando o construyendo esta urbe inmensa de la que Carlos fue un personaje indispensable.

Casa de Monsiváis © Karina Flores

Casa de Monsiváis © Karina Flores

El caso de Monsiváis es único. Como escritor, interpretó esta ciudad, pero también de muchas formas la creó; habló de todo lo que la conforma, pero del mismo modo lo inventó; fue parte de ella y la ciudad fue parte inherente de él.
Encontrarlo resultaba una tarea afortunadamente sencilla. Su rostro aparecía en todos los canales de televisión, sin distinción alguna; su voz, inconfundible, lanzaba flechas desde cada micrófono de radio; su genialidad escrita brotaba de pronto desde prácticamente todos los periódicos o revistas; publicaciones tan variadas que iban desde las poderosas y consolidadas, hasta las pequeñitas que duraban nada más uno o dos números.
Pero esto no es todo: no era extraordinario toparse con Carlos en algún evento cultural: presentaciones de libros, conferencias magistrales o exposiciones de arte. Era igualmente posible hallarlo en algún pequeño café, en una universidad, en una calle abarrotada con puestos de fayuca, caminando por el mercado de La Lagunilla, observando como niño inquieto el paso de las procesiones guadalupanas rumbo a La Villa, conversando con los vecinos de algún barrio o colonia, como la Buenos Aires o la Candelaria. Desde luego, en su natal colonia Portales, donde habitó prácticamente durante toda su vida.
Carlos fue y es omnipresente. Muy pocos son los intelectuales que, como él, salen a la calle y no sólo son reconocidos y saludados, sino que son acorralados por una turba de jóvenes que lo mismo le pedían autógrafos que besos. Parecía que siempre había estado aquí. Tanto pertenecía a esta ciudad que se antojaba eterno. Mauricio Garcés lo menciona en la cinta Modisto de señoras, de 1969; en una de las películas más emblemáticas de este Distrito Federal, Los Caifanes, de 1966, hace una breve aparición interpretando a un ebrio y mugroso Santa Claus; y en la tira cómica más mexicana de todas, La familia Burrón, se le ve caminando por la calle mientras carga una pila de libros y habla sobre ¿qué más?, la relevancia literaria de La familia Burrón.

Manuel Peñafiel Cortesía Familia Monsiváis

Manuel Peñafiel Cortesía Familia Monsiváis

Existe algo más que se volvió clásico: sus prólogos. Innumerables libros que presumen, en su portada, la leyenda “Prólogo de Carlos Monsiváis”, como si fuera el mismo sello de garantía. Esto no es casualidad. Tres cosas lo identificaban: sus anteojos engalanados con un armazón de pasta gruesa y pasada de moda, sus cabellos blancos y absolutamente despeinados, y su curiosidad a toda prueba, que era la misma que la de un pequeño que comienza a conocer el mundo. Carlos era una enciclopedia generosa y sonriente que lanzaba conocimientos por cada centímetro de suelo que pisaba. Todo le interesaba y todo sabía. Por eso, prologó libros de prácticamente cualquier tema social. En el ámbito cultural capitalino, fue conocido como “El ajonjolí de todos los moles”.
Era asiduo visitante a los salones de baile; sabía de boleros, de danzones y de albures, a los que definió como “la esgrima verbal”. En su ensayo La ciudad del habla padrísima analizó las formas de lenguaje popular de Chilangolandia. En el Tianguis Cultural de El Chopo era uno de los personajes más solicitados. Paseaba por mercados sobre ruedas, librerías de viejo, pasaba horas mirando cine mexicano, leyendo crónicas antiguas, seleccionando objetos –cientos, miles– que le llenaban los ojos y las manos y que no podía resistir, como máscaras de luchador, juguetes de madera y latón, grabados, caricaturas, revistas, periódicos de época que ahora integran el fascinante Museo del Estanquillo. Fue cronista y analizó a los cronistas históricos de esta ciudad: Salvador Novo, Luis González Obregón, Artemio de Valle-Arizpe.
Nunca aprendió a conducir un automóvil, esto, según dijo, lo “condenó a la caridad automotriz de los demás”, pero también le dio la oportunidad de convivir con una de las especies más eruditas de la ciudad: los chafiretes, ruleteros o taxistas, quienes –al igual que Carlos– saben todo y opinan sobre todo, avalados por la sabiduría que da el volante. Personas de esta misma especie que presumen como trofeo ganado a pulso: “yo una vez llevé a Monsiváis”.

Conoce más de este personaje, en la edición 37 de la revista Mexicanísimo: http://www.mexicanisimo.com.mx/tienda/numero-37/#revista-37

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