Alebrijes, Oaxaca, Oaxaca © Bruno Pérez Chávez

Publicado el: 23 de Septiembre, 2014

Por Carlos Eduardo Díaz

 

No me considero escritor, mucho menos poeta. Yo soy periodista de profesión y gusto, pero algo inevitablemente me ha conducido por el camino de las letras.

Al principio por curiosidad, después por una indudable urgencia, comencé a escribir – a un lado de los artículos de opinión, de las columnas políticas, de los editoriales y de los reportajes de color – versos sumamente cursis e historias, cuentos sobre sucesos, lugares y personas que he tenido la fortuna de conocer o imaginarme. Casi sin darme cuenta terminé de escribir un libro de poesía, otro de cuentos, uno más sobre historia de este México que amo y tres o cuatro más que permanecen en mis cajones, terminados pero sin publicar.

Dice la filosofía popular que la trascendencia de un hombre se logra al tener un hijo, escribir un libro y plantar un árbol. Sin embargo, la realidad modifica esta sentencia: lo difícil no es tener al hijo, escribir el libro y plantar el árbol, sino educar al hijo, vender el libro y cuidar el árbol. Es verdad.

Terminar de escribir un libro otorga una sensación de paz. Un respiro, una satisfacción interna que no puede ser descrita, pero también significa una cierta dosis de angustia: ¿y ahora qué sigue? ¿Cuál es el camino?

Después de registrar la obra, el camino inevitable es tocar puertas. Saber de antemano la línea de cada editorial es de gran ayuda.

Cuando uno es un perfecto desconocido, las editoriales grandes recibirán, tal vez, los manuscritos con mucha cortesía. Tardarán no menos de nueve meses – siendo que prometen hacerlo en tres o cuatro – para decir que no. Simplemente que no. Sin razones, sin explicaciones. Ésa es la consigna: simplemente sí o no.

Uno lo sabrá muy tarde, pero las editoriales grandes, las que tienen el poder económico y literario, no se arriesgan; van a lo seguro: publican exclusivamente a autores consagrados, libros escritos por conductores de televisión que desean ayudar a los adolescentes, biografías de cantantes que sufrieron un escándalo, libros catalogados como de autoayuda (o de vampiros, hombres lobo, magos adolescentes) o algunos firmados por hijos de intelectuales o de periodistas que resultan ser amigos de los editores. Es decir, privilegian el nombre por encima de la calidad. La calidad literaria de una obra poco o nada importa. Las editoriales – sobre todo las grandes – son negocios y se comportan como tales. Nunca van a publicar a un desconocido. Van a publicar algo que se venda y que se venda bien. Es decir, un producto comercial, una marca, una apariencia.

La alternativa, entonces, es buscar en las editoriales medianas, algunas de las cuales cobran por leer un manuscrito; o en las casas editoras pequeñas, que piden, a veces, que el autor corra con los gastos y los riesgos de impresión. En estas últimas logra publicar prácticamente cualquier persona, tenga o no lo necesario. Bien, en realidad lo necesario es el dinero para imprimir el libro.

Ante este panorama, y luego de explorar muchas opciones, opté por la autoedición. Yo soy el escritor, mi propio corrector de estilo, mi editor, mi diseñador de interiores y forros, mi fotógrafo que capta las imágenes que aparecen en portada, contraportada y solapas… y también, claro, mi distribuidor.

Uno podría pensar que al tener el libro en las manos, el camino ha llegado a su fin. No es así. Apenas comienza. Con el libro entre las manos, llega la inevitable duda: ¿hacia dónde ahora? ¿Cómo y dónde venderlo? ¿Cómo hacerle publicidad? ¿Cómo lograr que la gente sepa que existo?

Una de tantas maneras por las que he optado es por realizar presentaciones y eventos derivados de mis libros.

Conseguir un lugar para la presentación es ardua tarea, a ratos complicada en extremo. Se tocan decenas de puertas y sólo una o dos, después de varios meses, se llegan a abrir. En el camino, se tienen que obsequiar demasiados libros; libros que, salvo alentadoras excepciones, no serán leídos nunca. En unos lugares cobran una fortuna por rentar el espacio, en otros se disculpan explicando que la temática del libro no tiene nada que ver con la vocación del museo o casa de la cultura, pero en la mayoría de los casos simplemente no hay respuesta.

Después de vivir esta odisea, y de contar por fin con el lugar, viene otra pregunta: ¿cómo hacerle publicidad al evento? Las redes sociales son útiles, desde luego, pero no son la solución. Uno invita a trescientas personas, de las cuales sólo treinta responden, quince confirman pero a doce se les descompone el carro justo el día del evento. Es la maldición que pesa sobre todo evento cultural: a los invitados se les descompondrá el automóvil ese día.

Uno preparó el evento, hizo algún tipo de inversión económica, el grupo de personas de apoyo (actores, guionistas y demás) regalaron su tiempo, su empeño, su talento. Las invitaciones se realizaron por internet, por persona, por teléfono y por volanteo. En apariencia habrá casa llena. Todo está listo y en su punto, pero el lugar no se llena ni a la cuarta parte.

¿Por qué sucede todo esto? No lo sé. ¿Por qué el video que sentencia en Youtube “Adorable bebé de tres años baila feliz” ha sido visto casi 46 millones de veces pero una grabación de un evento cultural de calidad con dificultad llega a 50 visitas? ¿Por qué el video del adolescente que compró un iphone y se le cayó de las manos frente a las cámaras fue visto más de un millón de veces en menos de medio día? ¿O por qué se desató la epidemia de personas que se arrojaban agua fría en la cabeza?

Los conciertos caros, con artistas mal educados y de dudoso talento, están a reventar. Los eventos culturales, gratuitos y producidos por talentosos profesionales, casi siempre lucen semivacíos.

Ignoro por qué suceden todas estas cosas. Se me ocurren más preguntas que respuestas, pero este escenario es sin duda desalentador.

Yo no me considero escritor, sino periodista, pero ahora que tengo dos libros bajo el brazo y tengo que enfrentarme a este laberinto, a este mundo cultural lleno de divas y de influyentismo, de mafias y de prepotencia, de grupos de poder y de escritores que se dicen dispuestos a ayudar pero sólo ayudan a las adolescentes que se acercan en minifalda, no dejo de lamentarlo.

Yo tengo la fortuna de contar con el apoyo de Mexicanísimo, en sus tres versiones (impresa, virtual y televisiva), además de un lugar estupendo llamado La Taza de los Sueños, una cafetería y centro cultural en Coyoacán que me ha abierto las puertas, la amistad y el cariño, y donde es posible presentar eventos con entera libertad. Después de muchos años de tocar puertas, algunas comienzan a abrirse. Soy afortunado por eso.

Sin embargo, no deja de llamar mi atención el hecho de que mi Facebook está lleno de talentosos escritores, músicos, pintores y actores en busca de una buena oportunidad que rara vez llega. Gente competitiva en su área cuyo único defecto es no ser hijo de un intelectual de renombre o no ser rubio y escribir sobre vampiros metrosexuales o fantasías sexuales mal redactadas.

¿Cómo destacar en el mundo cultural, cómo hacerse notar, de qué modo atraer la atención del público, sobre todo cuando se es independiente? Lo ignoro, pero sé que se trata tal vez del precio a pagar. Un precio muy alto que sólo entiende y está dispuesto a cubrir quien desea vivir la cultura, aunque no de la cultura.

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