Alebrijes, Oaxaca, Oaxaca © Bruno Pérez Chávez

Publicado el: 25 de Agosto, 2014

Por Carlos Eduardo Díaz

 

La historia, y no se diga la literatura, nos ha regalado el recuerdo de grandes amores. Amores pasionales, imposibles, trágicos, desesperados. Pero, sin duda, uno de los más memorables dentro de la cultura mexicana es el de un joven poeta llamado Manuel, una hermosa mujer de nombre Rosario y un poema que ha sobrevivido a los siglos, el Nocturno.

¿Cuál es la historia detrás de este inmortal escrito?

Pues bien, yo necesito / decirte que te adoro, / decirte que te quiero / con todo el corazón; / que es mucho lo que sufro, / que es mucho lo que lloro, / que ya no puedo tanto, / y al grito que te imploro / te imploro y te hablo en nombre / de mi última ilusión…”

Las primeras palabras del poema desgarran el alma. Se trata de un hombre que se ha arrancado la piel, que se pone al descubierto, que sale del anonimato no con paciencia de enamorado, sino loco, desesperado. De un hombre cuya urgencia es su bandera.

Manuel Acuña Narro vivió y murió con prisas. Vio su primera luz el 27 de agosto de 1849 (algunas fuentes aseguran que fue el 25 de agosto), en la ciudad de Saltillo, Coahuila. Alrededor de los catorce años se estableció en la ciudad de México. El ambiente del Segundo Imperio Mexicano, que por entonces se vivía, lo atrapó de forma definitiva, sobre todo en lo que respecta a su manifestación poética más evidente: el romanticismo.

Tal vez como un reflejo de la lengua francesa, de sus costumbres, incluso de sus clichés cosmopolitas, en México se desarrolló una amplia poesía romántica que se difundía en tertulias, publicaciones y, desde luego, de boca en boca.

En medio de este escenario, Manuel ingresó al colegio de San Ildefonso, donde estudió matemáticas, filosofía, latín y desde luego francés. Posteriormente comenzó a estudiar medicina. Justo en este tiempo se empapó de lleno en el ambiente intelectual de la época.

No terminó la carrera. Se decía que era un alumno brillante, pero inconstante. Éste era sólo uno de sus problemas. Otro de ellos, tal vez el principal, era la pobreza en la que vivía. Por si hiciera falta algo, se sumaban los problemas del corazón. Poesía, pobreza y amor. Una maldición que se repite demasiadas veces en cada generación.

Precisamente a causa de su situación económica, vivió primero en un humilde cuarto del ex convento de Santa Brígida y después en un cuarto similar de un edificio que pertenecía a la Escuela de Medicina.

No todo fue tristeza, sin embargo, pues en este lugar solían reunirse algunos de los escritores jóvenes más prominentes, entre los que se encontraban dos personajes que mucho tendrían que ver en su futuro: Juan de Dios Peza, quien sería su gran amigo y prologuista de sus obras reunidas tras su muerte, y Manuel M. Flores, el poeta que tendría el privilegio de amar a su amor imposible, Rosario.

A los veinte años fundó con un grupo de sus amigos más cercanos la Sociedad Literaria Nezahualcóyotl. Este grupo nació bendecido por partida triple. Por un lado, honraban la literatura, por el otro, eligieron por nombre el del sabio príncipe y poeta texcocano y, por último, solían reunirse en el ex Convento de San Jerónimo, el lugar donde siglos antes vivió Sor Juana. Un punto extra a su favor: para entonces, Maximiliano había sido fusilado y la República, restaurada. Los trabajos de esta Sociedad fueron publicados en periódicos de la época y el nombre de Manuel Acuña poco a poco comenzó a ser conocido.

Pues bien, de este tiempo data el comienzo de su gran pasión. En este tiempo conoció a Rosario de la Peña y Llerena.

 

La admiran los nocturnos luminares / Le sonríen los montes y los mares / Y es un rival del sol / La huella de su pie fosforescente, / Fuera guirnalda en la soberbia frente, / No de un ángel, de un Dios.

Este verso pertenece ni más ni menos que al famoso Ignacio Ramírez “El Nigromante”, periodista, escritor, observador y, a fin de cuentas, también admirador de aquella dama.

Rosario debió poseer una belleza extrema, un talento natural para desenvolverse en sociedad, un candor, una ternura. Algo que la hizo irresistible para tantos personajes de la época. Entre sus admiradores, por ejemplo, figuró José Martí.

La joven nació en la ciudad de México en 1847. Como hija de un rico hacendado que fue, la educación que recibió fue rigorosa. Estaba acostumbrada al roce social y a las conversaciones de mundo. Sus padres solían organizar tertulias literarias. Es posible que en una de tantas veladas haya conocido a Manuel. Hay que decir algo que no resulta menor: la muchacha se convirtió en la musa oficial de este grupo de jóvenes escritores. Todos, en algún momento, la inmortalizaron en una dedicatoria, en un verso, en un párrafo o un cuento. Esto dice de Rosario más que cualquier explicación.

Sin embargo, vale preguntarse, ¿qué sintió Manuel? ¿Qué le atrajo irremediablemente de ella? ¿Qué le robó aquel instante que ya no pudo separar su pensamiento de su boca? ¿De qué forma la amaba? ¿Alguna vez se lo confesó? ¿Se atragantó con estos sentimientos?

Las respuestas las guardó el joven poeta para sí mismo, y se las guardó para siempre.

Triste en el fondo pero jovial y punzante en sus frases, sensible como un niño y leal como un caballero antiguo; le atormentaban los dolores ajenos”, así recuerda Juan de Dios Peza a Manuel Acuña. Y más adelante agrega: “Acuña tenía siempre en su derredor un cortejo de amigos que lo amábamos sin doblez, sin rencillas, sin envidia de su genio, sin censurar sus extravagancias […] Nosotros recogíamos con cuidado fraternal cada periódico en que aparecían sus versos, guardábamos los párrafos en que lo elogiaban y nos sentíamos felices con mirarle recibir cartas de su hogar lejano, y después de leerlas, besar la firma de su madre diciendo: «¡Hace muchos años que no la veo! ¡Pobrecita! Ya sólo me conoce en retrato.» Esa ausencia lo mataba”.

El joven poeta sobrevivía en la pobreza, pero su talento y su genialidad se difundían con rapidez. Nadie dudaba sobre el futuro glorioso que lo esperaba. Por esta razón, resulta complicado entender su desenlace.

El 6 de diciembre de 1873 se encerró en su cuarto del edificio de la Escuela de Medicina y se dispuso a morir.

Juan de Dios Peza estuvo con él durante sus últimas horas.

“El viernes 5 de Diciembre de 1873, anduvimos juntos desde la mañana y nos fuimos por la tarde a la Alameda. El viento arrancaba las hojas amarillentas de los fresnos […] Ya sentados en una banca de piedra me dijo: Escribe, y me dictó el soneto A un arroyo poniéndome después de su puño y letra una cariñosa dedicatoria”.

Después hace una importante revelación: “Este soneto es el último que escribió; muchos creen que el Nocturno es su obra postrera, pero sus amigos nos sabíamos de memoria esos versos desde tres meses antes de aquel día a que me refiero”.

Al despedirse, Juan de Dios recuerda el siguiente diálogo:

— Mañana a la una en punto te espero sin falta.
— ¿En punto?—le pregunté.
—Si tardas un minuto más…
— ¿Qué sucederá?
—Que me iré sin verte.
— ¿Te irás adónde?
—Estoy de viaje… sí… de viaje… lo sabrás después.

Finalmente, agrega: “Dicen que al día siguiente se levantó tarde, arregló su habitación, se fue después a dar un baño, volvió a su cuarto a las doce, y sin duda en esos momentos, con mano segura y firme escribió las siguientes líneas: «Lo de menos será entrar en detalles sobre la causa de mi muerte, pero no creo que le importe a ninguno; basta con saber que nadie más que yo mismo es el culpable— Diciembre 6 de 1873. —Manuel Acuña”.

Después de eso, bebió más de medio vaso de cianuro de potasio. Esta sustancia le dejó en la boca un “acre olor de almendras amargas”, como recordó Peza. Los esfuerzos por revivirlo fueron infructuosos. Tenía 24 años.

La noticia de su muerte se propagó con rapidez, primero dentro de la escuela, después en las calles de la ciudad. Al día siguiente se publicó por primera vez su Nocturno, cuya dedicatoria se resume en dos simples palabras: A Rosario.

Según cronistas de la época, la noticia trascendió a todos los rincones del país, se extendió a Centro y Sudamérica, a los Estados Unidos, incluso se publicó en ciertos periódicos de Europa. De un momento a otro, Manuel Acuña había alcanzado la fama, pero con él, alguien más se volvió tristemente célebre: Rosario, la pobre Rosario que fue tachada de coqueta, traicionera, endemoniada y cosas peores. Rosario, que desde entonces fue conocida como Rosario de Acuña o Rosario la de Acuña.

Un periódico europeo incluso afirmó que Manuel y ella estaban comprometidos, pero que, aprovechando un viaje de él, Rosario lo había engañado con su mejor amigo, con quien poco después se había casado. Falsedades, calumnias. A tal grado llegó todo este alboroto en su contra, que tuvo que refugiarse en el campo, donde nadie la conociera. Ella, con el tiempo, se volvió retraída, profundamente triste, y se encerró en su silencio.

Tuvo una relación de once años con el poeta poblano Manuel María Flores, pero las circunstancias que les tocó vivir, así como la muerte del vate, les impidieron consumar su relación. Rosario de la Peña jamás contrajo nupcias.

Tiempo después, cerca de cumplir cincuenta años, decidió hablar del tema por primera y última vez. Manuel – aseguró – siempre la trató como a una hermana. Nunca se enteró de los sentimientos que guardaba hacia ella. De cualquier manera, su corazón le pertenecía a alguien más (a Manuel M. Flores), sin importar la admiración y respeto que sintiera por Manuel Acuña.

Para terminar por fin con los rumores, sentenció: “Si fuese una de tantas mujeres vanidosas, me empeñaría, con ngidas muestras de pena, en dar pábulo a esa novela de la que resulto heroína, pero no puedo ser cómplice de un engaño que lleva trazas de perpetuarse en México y otros puntos. Sería yo en su última noche una fantasía de poeta, tal vez. Es posible que esa Rosario no tenga nada mío fuera del nombre”.

Un dato que cotidianamente se olvida: Manuel mantuvo una relación apasionada con la artista Laura Méndez de Cuenca, a quien le escribió un poema que le leyó en público. Con ella tuvo un hijo, que nació dos meses antes de la muerte del poeta y falleció al poco tiempo.

Sin embargo, más allá de todas las versiones y especulaciones, incluso más allá de las verdades y de los mitos, los nombres de Manuel Acuña y Rosario de la Peña permanecerán juntos para siempre gracias a su inolvidable Nocturno y, sobre todo, a las últimas palabras del poema:

“¡Adiós por la vez última,
amor de mis amores;
la luz de mis tinieblas,
la esencia de mis flores,
mi lira de poeta,
mi juventud, adiós!”

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